Vestirse todos los días no debería ser complicado… y sin embargo, muchas veces lo es.

No porque no tengamos ropa, sino porque repetimos algunos errores sin darnos cuenta. A mí también me pasa, y por eso hoy quiero hablarte de esos pequeños detalles que hacen que un look no termine de funcionar, y de cómo resolverlos sin comprar nada nuevo.

 

La ropa tiene que acompañarte en el día, no limitarte.

Uno de los errores más comunes es pensar el look solo frente al espejo. Nos miramos, nos gusta, pero recién cuando salimos a la calle nos damos cuenta de que algo incomoda, aprieta o simplemente no acompaña nuestros movimientos. Caminar, sentarse y moverse un poco antes de salir puede cambiar todo.

 

Si no podés caminar tranquila, ese look no funciona.

Otro error muy habitual es elegir zapatos solo porque son lindos. El problema aparece cuando a las dos horas ya estás pensando en volver a casa. El calzado no tiene que doler para ser elegante. Cuando es cómodo, se nota en cómo caminás y en cómo te sentís.

 

Las prendas se disfrutan más cuando se usan, no cuando se guardan.

Muchas veces dejamos ropa “para una ocasión especial” esperando el momento perfecto, que casi nunca llega. Vestirse bien no debería ser algo excepcional, sino parte de lo cotidiano.

 

Inspirarse no es copiar.

También está ese error de replicar looks que vemos en redes sin adaptarlos a nuestra rutina. No todo funciona para todos los cuerpos ni para todos los días. La clave está en traducir las ideas a tu propio ritmo de vida.

 

Vestirse mejor no es tener más ropa, es conocerse un poco más.

Entender qué te gusta, qué te resulta cómodo y qué va con tu día. Cuando eso pasa, armar un look deja de ser un problema y empieza a ser algo natural.