Hay formas de querer que se parecen a un abrazo
Hay personas que saben cuándo algo nos pasa antes de que encontremos las palabras para contarlo. Que se acuerdan de cómo tomamos el café, que preguntan si llegamos bien y que siempre encuentran una manera de hacernos sentir un poquito más cerca, incluso cuando están lejos.
A veces, ese cariño está en los grandes gestos. Pero casi siempre vive en los detalles: en un mensaje que llega justo a tiempo, en una comida preparada con nuestras cosas favoritas o en ese clásico «avisame cuando llegues» que, aunque pasen los años, nunca pierde su significado.
Hay quienes aprendieron a querer así desde siempre. Otras fueron descubriéndolo en el camino, a través de una amistad, una hermana, una abuela o alguien que apareció en el momento indicado y se convirtió en un lugar seguro.
Y también están las veces en que somos nosotras las que ocupamos ese lugar. Cuando acompañamos, escuchamos, sostenemos y celebramos los pequeños logros de alguien más. Cuando intentamos hacerle la vida un poco más fácil a una persona que queremos, incluso en esos días en los que la nuestra parece no darnos tregua.
Sin darnos cuenta, muchas veces terminamos pareciéndonos a esas mujeres que nos enseñaron a cuidar. Repetimos sus frases, adoptamos sus costumbres y descubrimos que algunos de sus gestos se quedaron a vivir en nosotras.
Quizás crecer también sea eso: entender que el amor no siempre tiene una forma definida. Que no hace falta tener todas las respuestas para acompañar a alguien y que cuidar no significa olvidarnos de nosotras mismas.
Porque mientras estamos pendientes de tantas personas, también merecemos preguntarnos qué necesitamos, qué nos hace bien y qué cosas nos devuelven a nuestra propia esencia.
A veces, volver a una misma empieza con algo pequeño. Un rato sin apuros, un plan que teníamos pendiente o esa elección que hacemos simplemente porque nos gusta. Puede ser un color que nos identifica, una textura que nos encanta o un par de zapatos que elegimos porque, cuando nos los ponemos, sentimos que nos representan.
En San Pretta creemos que el estilo también habla de eso: de las mujeres que somos, de las que fuimos y de todo lo que seguimos descubriendo sobre nosotras mismas. De elegir piezas que nos acompañen en la vida real, en nuestros días buenos, en los desafiantes y en todos esos momentos que, sin hacer demasiado ruido, terminan siendo los más importantes.
Al final, hay muchas maneras de estar presentes en la vida de alguien. Y entre todas ellas, hay una que a veces dejamos para después: aprender a tratarnos con el mismo cariño con el que tratamos a quienes más queremos.
Que nunca nos falte esa forma de amor. Tampoco hacia nosotras mismas.
