¿Estamos cansadas de las tendencias?

Durante mucho tiempo, seguir la moda significó estar al tanto de lo que venía después. Cada temporada traía nuevos colores, siluetas y prendas que rápidamente se instalaban como aquello que había que tener. Pero en los últimos años ese ritmo se aceleró tanto que las tendencias dejaron de durar temporadas para, muchas veces, durar apenas semanas.

Abrimos las redes y constantemente aparece algo nuevo. Un zapato que de repente está en todos lados, una combinación que parece convertirse en uniforme, un color que invade nuestro feed o una estética que recibe un nombre y, casi instantáneamente, empieza a repetirse. Y cuando finalmente decidimos incorporarla, probablemente ya haya otra esperando para reemplazarla.

Entonces aparece una pregunta inevitable: ¿estamos cansadas de las tendencias?

Quizás no estemos cansadas de la moda ni de descubrir cosas nuevas. Estamos cansadas de sentir que siempre tenemos que estar actualizándonos.

Las redes sociales cambiaron nuestra relación con las tendencias. Antes existía cierta distancia entre una novedad y su llegada masiva al guardarropa. Hoy vemos una misma idea repetida cientos de veces en cuestión de días. Esa velocidad hace que algo pueda parecernos novedoso un lunes y completamente agotado unas semanas después.

El problema no es que existan tendencias. La moda siempre funcionó a través del cambio y probablemente esa sea una de las razones por las que nos interesa tanto. El problema aparece cuando empezamos a confundir estar a la moda con tener estilo.

Porque no todo lo que está de moda tiene que entrar en nuestro guardarropa.

Durante años aprendimos a preguntarnos qué se usa. Quizás ahora estamos empezando a hacernos una pregunta diferente: ¿qué de todo esto realmente me gusta?

Y esa pequeña diferencia cambia nuestra forma de consumir moda. Una tendencia deja de ser una instrucción y se convierte simplemente en una posibilidad. Podemos observarla, probarla, adaptarla, ignorarla o incluso descubrir que llevamos años usando algo parecido.

Paradójicamente, el estilo sí se construye desde la repetición, pero de nuestras propias elecciones, no de las de alguien más. Volver una y otra vez a determinadas siluetas, colores, zapatos o combinaciones termina creando algo mucho más reconocible que intentar incorporar cada novedad que aparece.

Tal vez por eso también estamos viendo un interés cada vez mayor por las piezas que pueden permanecer en el guardarropa. No necesariamente básicos ni prendas completamente neutras, sino diseños que tienen suficiente identidad como para seguir funcionando cuando cambia la conversación alrededor de ellos.

Un buen zapato puede convivir con distintas etapas de nuestro estilo. Puede aparecer con un jean un año, con un pantalón sastrero al siguiente y con un vestido mucho tiempo después. La manera de llevarlo cambia, pero la pieza sigue teniendo sentido.

Ahí está, quizás, una de las claves para entender este momento de la moda: no queremos dejar de descubrir cosas nuevas; queremos dejar de sentir que todo lo anterior quedó viejo.

Eso tampoco significa construir un guardarropa inmune a las tendencias. Sería difícil —y probablemente bastante aburrido— separar completamente nuestra forma de vestir de lo que sucede a nuestro alrededor. La moda también es conversación, contexto y juego. Una tendencia puede ayudarnos a descubrir un color que nunca habíamos considerado, una nueva proporción o una forma diferente de usar algo que ya teníamos.

La diferencia está en quién toma la decisión.

Cuando dejamos de preguntarnos “¿esto se usa?” y empezamos a preguntarnos “¿yo lo usaría?”, las tendencias dejan de dirigir nuestro guardarropa y empiezan simplemente a acompañarlo.

Quizás no estemos cansadas de las tendencias. Quizás estamos aprendiendo a necesitarlas un poco menos.